Casa de Te La Mutisia - Trevelin Patagonia Argentina

El pan de Sara Griffith

En una mañana de sol en los campos de la Patagonia Argentina, la tierra virgen que se gozaba a sí misma en los gritos del tero y la bandurria, como pregones de la libertad y de la armonía de todos los seres que poblaban las colinas, los arroyos y un cielo abierto al infinito.

Martin Underwood, un inglés de temperamento firme, cercano a la rudeza, armaba una cerca de tablas junto a sus pioneros criollos y un desconocido, no lo hubiese distinguido entre ellos, salvo por su melena rubia y las órdenes que daba de a ratos, quizás más para firmar su autoridad que por corregir errores.

En la casa cercana, una construcción casi enteramente de madera, que marcaba el comienzo de un encuentro de lenguas, de costumbres y de sueños, colocada como un pequeño signo antiguo en medio de la tierra nueva, Sara Griffith, una joven que habia llegado con su familia de la lejana Gales, casada ahora con Martin y ya con niños que comenzaban una larga prole, amasaba el pan en una batea de lenga y cantaba un himno en su idioma, mientras otras mujeres nativas ordenaban su casa y aprestaban la mesa familiar.

Los ojos de Sara se iluminaban con las notas de la canción ancestral y en sus sienes parecía palpitar la vida cotidiana de su Gales natal, porque de vez en cuando saca sus manos de la masa, para dar unas vueltas con su larga falda por la gran cocina, volviendo otra vez a su trabajo como si sólo fuese un paso más de un baile traído desde lejos, para vivir la fiesta de este sueño de amor, que llegó con ansias de ocupar la inmensidad.

Afuera,Martin ha comenzado desde hace un rato a interrumpir por momentos su trabajo, como si hubiese nacido en él alguna preocupación o duda y parece habérsela transmitido a sus obreros porque todos están ahora como alertas a esas interrupciones del patrón, cuyas miradas hacia la lejanía les ha traído una especie de temor, que ha ido en aumento hasta crear una atmósfera de soterrado pánico.

Ya ninguno está atento a su trabajo, sinó al misterio de ésta sensación de la espera de un peligro cercano. De pronto uno de ellos arroja su herramienta y se tira al suelo con su cabeza pegada a la tierra. Al verlo, y como si él hubiese ahora recibido una orden,el gringo corre a la casa dando instrucciones a los gritos y vuelve cargado de armas que reparte rápidamente entre sus hombres. Adentro de la casa, las mujeres ya han puesto los niños a resguardo y han tomado a su vez algunas armas, que parecen manejar tan bien como los varones.
Estos han formado una especie de frente de batalla en semicírculo, con más coraje que adiestramiento para el combate.
Detrás de la colina cercana, una columna de jinetes ha asomado como una aparición siniestra que se aproxima a carrera tendida y silenciosa como un ojo de huracán.

Las vinchas coloridas flotan en el viento como llamas y las lanzas en ristre son el signo de la muerte que congela la sangre.

Martin Underwood, más altivo que nunca, parece enseñorearse sobre la tierra que han pisado sus botas y en la que sólo sus manos se han hundido para que ella recibiera la primera caricia. Cuando el choque parece inevitable, el jinete que dirige la carga, levanta su lanza y un golpe de su brazo detiene la carrera de su zaino, ue se clava en sus patas traseras dando un relincho furioso. Don Martin y sus hombres parecen redoblar el coraje y permanecen enhiestos como mástiles.

La horda no quiere amilanarse y comienza a dar giros entre gritos y amenazas que intentan quebrar la insistencia. El inglés comienza entonces a levantar su Remington y cuando ya está a punto de poner en su mira el pecho del cacique, oye los pasos de su esposa, que pasa a su lado con su falda blanca y su cofia bordada,llevando en sus manos extendidas el humeante pan que acaba de sacar del horno.

Sara Griffith,la joven galesa avanza decidida, majestuosa hacia el cacique y casi al pie de su caballo, levánta el pan recién horneado y se lo ofrece sin un gesto de temor.

En su cabeza erguida, lleva la dignidad que el tehuelche reconoce de inmediato, porque ha aprendido la sabiduría de los que pueden interpretar la fuerza y el espíritu de los seres poderosos. En los ojos de Sara pudo ver, por primera vez, la serena valentía de una mujer que sabía decir paz en la lengua universal de un rostro franco sin reservas .

En sus manos, tan blancas y frescas como el pan humeante que ofrecía, vió sin dudar el gesto sencillo del amor, donde recide el ser. El tehuelche tomó el pan de Sara Griffith y ordenó la entrega de un lustroso flete. Las armas bajaron sus bocas y sus filos hacia la misma tierra.

La mañana de sol escucho luego en las colinas y en los arroyos, un canto nuevo de la libertad y de la armonía en ese cielo abierto al infinito.

Era para siempre el cielo de Sara Griffith.

Martin Barba









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